La mano de mi mamá estaba fría. Mientras caminabamos podía sentir el aroma de su perfume, era pasoso y mareador. Yo no había tomado desayuno, así que se me revolvía un poco el estómago. Pero igual yo estaba feliz. Era tan linda mi mamá: tan arreglada, con sus aros colgantes, sus pulseras que sonaban como cascabeles, parecía una gata flaca elegante.
Caminabamos rápido, como si alguien nos persiguiera, los tacos de mi mamá chocaban rítmicos en el pavimento de la vereda, cloc, cloc, cloc...que ganas de ponerme sus zapatos, tan altos y brillantes...
A veces ella me miraba, pero no me hablaba, en realidad yo no sabía donde íbamos, solamente era feliz con estar un rato con ella. En realidad la veia poco.
Mi abuelita se había muerto hace pocos días y era raro, porque ya no la vería más y ella era la que me cuidaba. Mi mamá me dejaba con ella para poder trabajar tranquila. Mi abuelita también parecía una gata flaca, pero vieja.
¡Que linda se veía mi mamá con los labios pintados rojos!. Su boquita parecia de cereza.
Dimos vuelta la esquina y llegamos donde su comadre Rosa, ella era mi madrina. Ella me quería, me regalaba ropa, una vez le pedí una cuchara de té que me gustó y me la dió.
Que alegría ir a visitar a mi madrina Rosa.
Mi mamá me dijo: Te vas a quedar aquí. A la tarde vengo por ti...
La vi irse corriendo, después de almuerzo me senté en la ventana a esperarla...pasaban las horas, los días, los años y nunca fue a buscarme.
miércoles, 3 de febrero de 2010
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